Esquirlas del Eco (Sesión en mesa, grupo 01): Preludio

Escrito por Trasgo
3 · 08 · 24

Trasgo Narrador

Comienza así la primera sesión en mesa de Esquirlas del Eco.

Narra: Trasgo

Participantes:
Mötsognir – Enano soldado de infantería (bárbaro)
Mara – Semielfa de los bosques fronteriza (druida)
Raedento – Semiorco artesano gremial (artífice)
Niebla – Tabaxi salvaje de tierras lejanas (druida)
Wt’iri – Tieflin soldado portaestandarte (bárbaro)
Dena – Acólita de Valkor, Dios del Caos (paladina)

Trasgo Narrador

Todos érais presos. Ya fuérais culpables o no, os habían privado de vuestra libertad. Con una condena larga y pesada para algunos o la inminente ejecución de la sentencia al despuntar el alba, la sospechosa y sin duda mágica oferta de liberación fue todo cuando necesitábais. Salir de allí. Libraros de ese aciago destino. «Sí». Esa palabra desencadeno la magia en el hechizo latente…

3VR-XVIII Plano Material – Hispalis, Costa Roja

Casa de campo de la familia Traediel
4º día de Umbralis de 3823 – Noche de luna llena
(12 jornadas para el día de las sombras)

Escena 1 – En el muelle y la armería

La brisa del mar alza la esmpuma que crean las olas al chocar contra las rocas de la bahía creando pequeñas motas blancas y húmedas que se desvanecen en la noche. El agua, más allá de la superficie enfadada, parece un pozo de oscuridad capaz de engullir cualquier luz. La única antorcha que alumbra el muelle es sólo un tímido reflejo.

Allí está Hans Estertich. Acaba de llegar, descendiendo por un cabo. El Despeñapresos, su transporte, no es como los barcos normales. Si dijéramos que puede volar sólo estaríamos mencionando una mínima parte de las maravillas que ese galeón puede ofrecer.

Desde arriba, Virming «Comadreja» Davenrost, capitán del Despeñapresos, observaba la escena con creciente curiosidad. Había tejido los hilos para teleportar a los próximos miembros de su tripulación justo a ese pequeño muelle. Otro marinero arrojaba mochilas que Hans Esterticha atrapaba al vuelo y dejaba entre las rocas y la madera.

Hizo un gesto a Hans y el Despeñapresos sobrevoló la bahía colocándose al otro lado de la edificación. Los primeros presos recién liberados aparecieron en el muelle y Hans se los llevó al almacén más cercano…

Minutos después, regresaba al muelle y preparaba la siguiente mochila cuando sintió que la realidad volvía a hincharse como en una burbuja. Al hacer «Plop» un enano estaba ahí. Apareció de la nada como lo habían hecho los dos anteriores.

Se traaba del eneno, soldado, Mötsognir. Había aceptado la oferta. Hacía apenas un segundo estaba en una celda y ahora el sonido de las olas rompe bajo el maderamen sobre el que ahora se encuentra. El olor a salitre y la brisa del mar lo reciben mientras alza la cabeza para observar un cielo estrellado que no reconoce.

Hans Estertich arroja una mochila a sus piés…

Retrato de Hans Estertich. Cubre su cabeza con un paño de trapas rojas y negras del que asoma una larga y grasienta melena rubia descuidada. Su sonrisa pícara, que conserva todos sus dientes, contrasta con la mugre y salitre de su rostro.

Hans Estertich

Mötsognir, al girarte ves un tipo de aspecto fornido y curtido por el sol. Desaliñado y bastante sucio. Viste con cierto aire pirata. Luce chaleco marrón desgastado sobre camisa harapienta que alguna vez fue blanca. Un pañuelo de rayas rojas y negras cubre su cabeza. Su cabellos rubio enmarañado cae a ambos lados de su cara risueña.

Mótsognir echa un rápido vistazo a la mochila sin pronunciar palabra -Soy Hans Estertich. ¡Bienfenido a la tripulación del Despeñapresos compañero! Joink, joink- su risa se confundían con los gruñidos de un gorrino buscando comida entre el barro y sus ojos delataban a una persona con segundas intenciones. El enano había visto muchos humanos de esa calaña y se mantuvo en silencio. Revisó el contenido de la mochila, nada especial: antorchas, raciones para tres días, odre de agua… y oro. Frunció el ceño. –¿Quién daba oro así como así?-

Pero no puedes ser parte de nuestra tripulación así, sin armas. Acompáñame-

Hans encabezó la marcha, subiendo por unas empinadas escaleras de madera hasta el gran edificio.

En primer término el muelle que da a las escaleras ascendentes. Las olas pasan por debajo con violencia. No hay barcos. Unas escaleras ascendentes también iluminadas llevan a la entrada de lo que parece un almacén

Imagen generada con IA – NightCafé

Avanzaron peldaño a peldaño, en silencio. Todo estaba iluminado por la luna llena que reinaba el cielo perfilando las montañas rocosas que rodean el lugar. Aun así, había antorchas por doquier y el alargado edificio estaba iluminado.

Llegaron a la doble puerta entreabierta. El interior estaba bien iluminado. Mótsognir abrió mucho los ojos al encontrarse en un almacén de armas rícamente provisto de todo cuanto podía esperar. Había incluso cañones para barcos. Desarmado como estaba y ante las sospechas hacia Hans Estertich, el enano tuvo a bien entrar y abastecerse de todo cuanto pudiera necesitar.

El pirata lo dejó allí. Mótsognir no tenía armadura, pero no la necesitaba. Su clan se caracterizaba por una constitución tan recia como dura de mollera. Fue directo a las armas. Sopesó hachas de mano, grandes hachas y finalmente se decidió por un enorme martillo de larga asta con filigranas geométricas y bien equilibrado. Lo había cogido del fondo de la sala, junto a un gran armario de madera. Allí también había arcos y ballestas pero el enano prefirió las jabalinas. Armas que podría usar tanto para ensartar en la distancia como para empalar cuerpo a cuerpo.

Mientras tanto, la voz de Hans sonó fuera -…y armarte bien. Pasa y coge lo que necesites.-

Así entró Mara. Una semielfa de cabello castaño y de una belleza que Mötsognir jamás había contemplado. Llevaba al hombro una mochila similar a la que Hans había arrojado a los pies del enano. Ambos se miraron, pero no dijeron nada. El enano buscaba las correas que le permitirían llevar el martillo a su espalda mientras Mara pasaba al almacén prefiriendo armas de menor tamaño y más sencillas a las del enano. Primero puso una armadura de cuero endurecido sobre su muda de viaje. Al hacerlo, vio un bastón de roble noble, largo y nudoso que había mancillado con un cepillo en un extremo. Aquella sería su arma. Pisó el cepillo, tiró, y el bastón era suyo. Al instante se hizo una con ese bastón olvidado, sintiendo la fuerza de la vida que tuvo como un recuerdo propio. Fue entonces cuando vio el arco corto. Era flexible y resistente.

Mientras Mara cogía la munción para el arco y una aljaba Hans volvió a aparecer -¡Coge lo que quieras!-

Mótsognir y Mara se giraron para ver al humano más alto que jamás habían contemplado y lo que tenía de alto lo tenía de ancho en su espalda. Raedento, el recién llegado, había experimentado la misma situación con Hans en el muelle y ahora contemplaba al enano de torso desnudo y múltiples tatuajes y a la bella semielfa de pelo castaño. La luz de las antorchas del interior revelaron sus rasgos prominentes. Semiorco. Sin embargo, sus modales, su porte y sus muchas herramientas en el cinto delataban que se trataba de algún tipo de artesano. También llevaba una mochila a la espalda y no dudó en revisar el almacén para coger de aquí y allá aquello que le pudiera servir: una ballesta con sus virotes, una maza, daga… incluso cogió una armadura de escamas que, con sus herramientas, comenzó a ajustar aquí y allá.

La cuarta en llegar fue una sorpresa. Mötsognir era un enano curtido en la batalla, musculoso que lucía su gran cresta pelirroja y una espesa barba. Mara era una semielfa de cabellos castaños, mirada vivaz y evidente belleza. Raedento era un semiorco alto y ancho de manos diestras para la artesanía y un delantal que lo delataban como artesano. Pero la recién llegada, Niebla, se trataba de una druida fuera de lo común. Una tabaxi. Todos la miraron, era una mujer gata. Con todo su cuerpo cubierto de fino pelaje, orejas puntiagudas y larga cola. Vestía parecido a Mara. Ambas intuyeron que tenían fuertes lazos con la naturaleza y compartían la lengua secreta de los druidas.

Nadie habló.
Mara cogió un arma a su derecha, una cimitarra de fina hoja con motivos florales en su cruz. También cogió un escudo de madera y, como había hecho Mara, una armadura de cuerpo para poner sobre sus ropas pero bajo su capa de druida.

Volvieron a escuchar la voz de Hans. El tipo que responderá al nombre de Wt’Iri, era grande, no tan alto como Raedento pero curtido en la batalla como Mötsognir. Cuando sus miradas se cruzaron los dos vieron a un semejante. Sin embargo, Wt’Iri parecía humano pero rasgos exóticos delataban que había algo más. Wt’Iri se acercó a Mötsognir. Ambos tenían el torso desnudo y no habían cogido armaduras. Quizá alguno lo tachó de temeridad pero ambos sabían lo que se hacían. -¡Buenos músculos!- Inicio la conversación Wt’Iri. Se presentaron e intercambiaron unas palabras al ver en el otro cierta camaradería militar, ambos eran fornidos y ambos notaban ansias por volver a sentir la furia en un buen combate.

Por último, llego una humana. Dena fue la sexta en aparecer en el almacén. Vestía túnica y tenía un porte inequívocamente religioso. Pero su cuerpo delataba un buen entrenamiento en combate. De hecho, se fue directa a por la única cota de mallas que allí había y que vistió sobre sus prendas sin problema. Desvió su atención a varias armas que iba cogiendo y uniendo a su cuerpo con correas y vainas: un hacha de mano en la cadera derecha, un látigo en la izquierda y un garrote en la izquierda y el tridente a su espalda.

Todos pasaron en el almacén el tiempo que necesario hasta armarse. Los segundos se escurrieron y percibieron que Hans Estertich no volvió a aparecer.

Llegados a este punto, todos los jugadores tuvieron su equipo. Armas, víveres, útiles, herramientas… aquello que no tenían en la armería estaba en sus mochilas. Pero algo olía muy mal y el ambiente distaba mucho de ser tranquilo.

Los dados no tardaron en recorrer la mesa de juego. Los jugadores intentaban percibir qué estaba fuera de lugar en aquel almacén. La dificultad, variaba para cada cual, dependiendo del origen de los presentes)

Sobre las armas, sobre las antorchas que iluminan la estancia, algunos observan el escudo de armas del dueño de aquel almacén. La familia Traediel.

Escudo nobiliario de la familia Traediel. Famosa por sus fiestas y su riqueza. Su sello es el gariván de plumas doradas. Un ave que se extinguió hace tiempo.

Imagen generada con IA – NightCafé

Tres de los presentes, el enano Mötsognir, el humano exótico Wt’Iri y la paladina Dena no sabían de qué familia es pero saben que se trata de alta cuna, nobles. No necesitaban saber que el nombre de aquella casa para discernir que eran los legítimos propietarios de todo aquello.

Sin embargo, el semiorco artífice Raedento sí que tiene una idea bastante clara de quienes son. Como miembro del gremio de armeros ha tenido contacto con algunas familias nobles y, en su oficio (como en el de la mayoría) la información es ventaja en el comercio. La casa Traediel es propensa a las fiestas y tienen una ligera fama de derrochadores. Su sello es el gariván de plumas doradas. Un ave que se extinguió hace tiempo. Raedento también había escuchado rumores, sospechas de que los Traediel comerciaban con armas de forma ilícita. Miró en derredor dando esos rumores como ciertos. Contrabandistas. No sintió ningún remordimiento por haber cogido todo lo que había tomado.

No tuvo tiempo de compartir esta información con el resto si así lo hubiera querido.

Había secretos en aquella sala. Raedento había detectado algo que relacionaba el lugar con el contrabando. Pero, lo más inquietante, es que no hubiera ni un solo guardia custodiando aquel lugar. ¿O sí lo hubo?

Wt’Iri fue el primero en querer indagar aún más. Intimidó a Raedento para que lo acompañara fuera. Raedento aceptó, seguramente habría aceptado sin necesidad de la intimidación…

La tensión era evidente. Ninguno conocía de nada al resto y, para colmo, los habían llevado a un lugar ajeno y entregado armas y equipo aparentemente sin pedir nada a cambio.

Wt’Iri había observado al semiorco artesano, quizá vio su expresión al mirar el escudo de la familia, quizá simplemente le cayó mal… o le cayó bien (con los bárbaros es difícil discernir, a priori, estos extremos). -¡Tú! Acompáñame fuera- le ordenó Wt’Iri a Raedento alzando el tono y con la mirada fija, el ceño fruncido y los músculos tensos. No aceptaría un no por respuesta. Auna sí, Raedento no tenía problema en acomparlo.

Por su parte, a las druidas Niebla y a Mara no les importa lo más mínimo el escudo nobiliario. Su atención se dirigía al armario del fondo. Lo abrieron. En él encontraron herramientas y útiles para el mantenimiento y reparación de las armas. Herramientas, aceites, trapos… Dena se acercó también al armario mientras Mötsognir se quedaba en el centro de la estancia, mirando a un lado y al otro. Algo estaba a punto de pasar, estaba seguro.

El bárbaro humano exótico y el alto semiorco artífice, salieron al fresco de la noche. Seguramente iban a intercambiar unas palabras.

Desde la edificación principal de la casa de verano Traediel, 3 vasallos de la familia y 5 mercenarios habían salido y caminaban extrañados hacia la armería. Los ocho defensores del lugar habían oído algo fuera y buscaban a sus compañeros, aquellos que debían estar patrullando y guardando la puerta del almacén o el muelle. No había ni rastro de ellos.

Mientras avanzaban, vieron salir de la armería dos desconocidos. Se detuvieron en el acto. El primero de los mercenarios desenvainó una espada corta. Sus compañeros sacaron los arcos y rápidos prepararon las flechas. Los vasallos imitaron sus acciones con menor disposición y más «respeto» ante la situación.

Raedento y Wt’Iri salieron de la armería. Iban a intercambiar unas palabras cuando, a lo lejos, escucharon voces de alarma  provenientes de la casa. En el porche de casa, corrían hacia ellos 8 soldados. 3 vestían corazas muy bien cuidadas y sin mella, ropas limpias y peinados recortados con esmero. Los otros 5 tenían un aspecto más descuidado, habituados al polvo del camino y a mancharse las manos.

Rápidamente el Raedento y Wt’Iri regresaron al interior. -¡Ayúdame a mover el cañón!- Dijo el humano exótico…

Los dados volvieron a rodar. Wt’Iri pudo mover el cañón él solo con sus potentes músculos ante la mirada del resto. Tras la proeza de fuerza, buscaron con rapidez. Encontraron un barrilete de pólvora junto a la puerta pero no había balas ni nada parecido que pudieran usar. Quizá un puñado de dagas pero la boca del cañón ya estaba fuera de la armería y el osado que saliera sería blanco de los guardias que se acercaban.

Mara y Niebla, volvieron su atención al armario del fondo. Encontraron arañazos en el suelo, el armario se deslizaba a un lado. Lo empujaron desvelando una trampilla de madera. La abrieron y el olor de la sangre fresca ascendió por la abertura.

Aquel acceso daba a un pasillo estrecho. En el suelo yacían los cuerpos de dos vasallos de reluciente armadura y manos cuidadas. Sin esperarlo, acababan de encontrar los encargados de custodiar el muelle y el almacén a esa hora de la noche.

Niebla se agachó para echar una ojeada, sospechando que pudiera haber… Dena, con su cota de mallas y sus armas listas, saltó eludiendo los cadáveres y el charco de sangre que se acumulaba bajo ellos, perdiéndose en la oscuridad.

Los dados volvieron a rodar. Wt’Iri pudo mover el cañón él solo con sus potentes músculos ante la mirada del resto. Tras la proeza de fuerza, buscaron con rapidez.

Wt’Iri saca por sí solo el cañón haciendo alarde de su fuerza. -¡Vamos enciende la mecha!- Raedento, de mente más analítica, miraba el barrilete de pólvora -¿Y qué disparamos?-. Abrumados por la situación debían encontrar algo que sirviera de bala de cañón pero, claro, ya habían sacado el cañón y salir hasta su boca convertiría al osado en blanco fácil para los arcos de los guardias que corrían a la armería. -¡Eh!- Mötsognir llamó su atención -¡Hay otra salida!- Raedento y Wt’Iri vieron que Niebla, Mara y Dena ya no se encontraban en la estancia. Sólo el enano aguardaba en el centro de la habitación. -Bueno, el cañón les impedirá el paso. ¡Vamos!- Resolvió Wt’Iri y los tres corrieron hacia la trampilla.

Escena 2 – Guarida de Contrabandistas

Dena avanzó con paso firme y rápido. Más o menos a la mitad del mismo escuchó el chasquido al pisar una losa suelta. Un dolor ardiente le recorrió la pierna. Apretó los dientes, maldijo para sí. Cruzó una mirada con Niebla cuyos ojos parecían brillar en la oscuridad… Dena torció el gesto, arrancó el virote y recurrió a su dios cerrando los ojos. La magia divina fluyó a través de sus manos cerrando la herida parcialmente mientras las druidas Niebla y Mara cruzaban con cuidado el pasadizo hasta una puerta de madera vieja pero resistente.

Mientras analizaban la cerradura en busca de trampas la voz del enano Mötsognir llegaba hasta ellas avisando a Wt’Iri y Raedento de la trampilla. Los tres no tardaron en bajar. Primero saltó el enano, después el semiorco que debía andar encorvado y con las piernas abiertas, tropezando con los cadáveres. Por último, Wt’Iri quien tuvo a bien recurrir a su fuerza para alzar el armario poniéndolo de lado y dejarlo caer al tiempo que cerraba la trampilla. Eso, junto al cañón, les daría algo más de tiempo.

Tras corroborar que no había trampas en la puerta, todos accedieron a una estancia rectangular con dos puertas más en las caras opuestas a la que habían usado para acceder.

Niebla y Dena fueron a la puerta central. Niebla percibió una trampa en la cerradura y, tras ella, Dena observó a la druida con ideas bastante turbias. El pelo en la nuca de Niebla se erizó y al girarse le dio la impresión de que Dena la iba a empujar contra la puerta.

Dena y Niebla habían encontrado una trampa en esa puerta. La jugadora que interpretaba a Dena me preguntó si podría empujar a Niebla contra la puerta para abrirla. Fue una sorpresa pero la interpretación es coherente dado su alineamiento maligno y que Dena es paladina del dios del caos. No obstante, la jugadora de Niebla se mostró sorprendida y tomó buena cuenta del hecho.

La paladina del caos se lo pensó mejor y fue a la otra puerta pero Niebla pareció percibir por un segundo sus malvadas intenciones.

Durante los segundos que aquello ocurrió, todas escucharon percibiendo voces lejanas en un idioma que ninguno entendía. Eran chillonas y llegaban amortiguadas por ambas puertas.

Mötsognir registró los cadáveres encontrando un manojo de ocho llaves en uno de ellos. Wt’Iri asintió, cogió uno de los cuerpos sin vida de los soldados nobles, lo arrastró por el pasillo y los tres llegaron a la sala donde se encontraban Dena, Mara y Niebla. Wt’Iri cerró la puerta y puso el cadáver delante. Tsss-Mara pidió silencio. Todos escucharon los grititos  de otra lengua que provenían amortiguados y lejanos y, de pronto, la trampilla abrirse a sus espaldas y los vasallos y mercenarios sorprenderse al hallar a sus compañeros muertos.

Mötsognir se tomó unos segundos para mirar la roca, la construcción…

Informaba al resto de que, pese a haber sido mantenido por bastante tiempo, ahora se encontraba en un estado ruinoso. Los pilares e infraestructura era vieja y estaba descuidada, a diferencia de las puertas que, aunque no eran nuevas, impedirían el acceso de cualquiera que no tuviera la llave y las encontrara cerradas. Además, Mötsognir había dado con un símbolo extraño.

Símbolo que parece una aguja con un hilo que la rodea en forma de S

De nuevo, ninguno sabía a qué hacía referencia ese extraño símbolo salvo Raedento que ráidamente lo asoció a bajos fondos, contrabando o algo peligroso. Una banda más organizada que las habituales pero poco más.

Dena se concentró en su puerta, no percibió ninguna trampa así que probó a abrirla. Efectivamente, no había trampas y no estaba cerrada. Al hacerlo, las voces lejanas fueron mucho más evidentes y la lengua en la que hablaban seguía siendo desconocida. La paladina dio a otro pasillo estrecho que se extendía a derecha e izquierda pero poco más. Estaba completamente oscuro. Pidió una antorcha. -Yo tengo antorchas- dijo Wt’Iri dejando el cadáver del guardia en la puerta y cruzando la estancia. La paladina del cáos la encendió con su yesca y avanzó con decisión por el pasillo. Wt’Iri, ansioso y nervioso por la batalla que se acercaba, regresó con Mötsognir y Raedento al acceso por el que habían entrado. Escucharon atentos, los guardias que habían abierto la trampilla se habrían detenido con su compañero caído pero la pausa duró poco. Los escuchó descender por el pasillo. -Ya vienen- confirmaron Raedento y Mötsognir -Cuando estén lo suficientemente cerca: abrimos, pillamos al primero y cerramos.- Hablaron rápidamente del plan. Las druidas estaban más o menos en el centro de la estancia, Dena en la pared opuesta con su antorcha, lista para explorar el pasillo pero no pudo evitar quedarse a ver la escena.

El d20 de Raedento y mi d20 rodaron por la mesa para resolver la prueba enfrentada de fuerza. Ambos sacamos 15 por lo que el desgraciado al que tenían la intención de apresar opondría resistencia.

El artífice, habiendo percibido que los guardias estaban cerca, quitó el cadáver que Wt’Iri había dejado delante de la puerta, abrió de pronto y enganchó al más cercano para meterlo en el interior. No pudo. Pese a ser un vasallo de suaves manos contra un semiorco que le sacaba una cabeza de altura, plantó el pie derecho en el suelo con firmeza y las manos a ambos lados de la puerta. Tras él, uno de los mercenarios alzó rápidamente el arco y disparó.

La flecha pasó muy cerca del rostro de Raedento pero rebotó con la piedra del fondo de la sala mientras ágilmente, la gata Niebla salvó la distancia que los separaba, se puso tras el semiorco artífice, hizo unos rápidos gestos murmurando algo que el resto apenas escuchó y pasando sus manos en torno al semiorco, expulsó un soplido de gas venenoso al guardia que éste sostenía. El sorprendido vasallo de reluciente armadura aflojó el tirón. Tiraron hacia dentro y volvieron a cerrar la puerta para interrogar al aturdido (y envenenado) individuo. Pústulas purulentas se formaron en torno a su boca, los ojos llorosos no veían con claridad, no podía respirar. Los pulmones se le cerraban.

-¿Qué hay ahí?¿Dónde está la salida?- Respondió como pudo a las preguntas que el grupo le hizo hasta que sus compañeros llegaron abriendo la puerta. El pasillo sólo permitía el acceso de uno en uno así que Raedento y Wt’Iri tuvieron a bien no apartarse. Al recibir la respuesta, Mötsognir corrió por la puerta para avisar a Mara y Dena que se adentraban en el pasillo, por la cara derecha. Dena había sido la primera en hacerlo.

En la sala, Wt’Iri inchó sus pulmones, recurrió al poder oculto en su sangre amplificando su voz e intentó intimidar a los guardias. Surtió efecto con los nobles pero no con los mercenarios que venían detrás. Los vasallos ya no querían luchar, sólo recuperar el cuerpo de su aliado caído.

Hubo una refriega, Wt’Iri y Raedento aguantaron en la puerta, lo que permitió que sólo un mercenario (y el vasallo envenenado por el gas de la Tabaxi) accedieran. El mercenario recibió un par de cortes, uno de ellos producto de la cimitarra de Niebla, finalmente fue Mötsognir quien, en carrera desde los pasillos hasta la estancia, resolvió el combate golpeando el martillo a dos manos contra la cabeza del mercenario. -¡Vamos!- Instó a sus compañeros. Raedento acabó con la vida del envenenado y los cuatro fueron con las druidas.

Los dos vasallos se detuvieron para sacar a sus compañeros caídos. Los mercenarios, sabedores que los intrusos se estaban metiendo en la guarida de sus aliados trasgos, ayudaron a los vasallos. Esto dio un tiempo maravilloso a los protagonistas pero no podían dormirse…

Dena y Mara estaban en el complejo de túneles cuando el grito de Wt’Iri hizo callar las voces gritonas de la lejanía. Dena se había detenido mirando el símbolo de La Aguja. Ella lo conocía y su mente daba vueltas al hecho. -Sabes algo- le dijo Mara con cierta urgencia -Si te lo digo, me deberás una. Tendrás que salvarme si tienes ocasión- Mara arqueó las cejas ante la petición pero asintió -Vale. ¿Qué sabes?- Dena resumió a Mara lo que sabía.

Tras el silencio producido por la voz de Wt’Iri amplificada, llegaron los pasos precipitados. Piececitos y chillidos corrieron hacia ellos, la paladina no tardó en ver un pequeño goblin al girar la esquina. -Ya vienen-

Wt’Iri, consciente de lo que había causado, corrió hacia la druida y la paladina del caos. Debían hacer algo. 

Primero vieron un trasgo pero, tras este, venían muchos más. En los túneles, los trasgos se movían deprisa. Mara disparó su arco pero no acertó a ninguna figura que corrían ansiosas por clavar sus oxidas espadas en carne fresca a la que luego hincarían el diente.

Eran muchos, se acercaban por de frente pero también escucharon más pasos por el otro lado. No tardarían en llegar por ambos frentes. Debían actúar deprisa.

Wt’Iri recurrió a la  misma estrategia que con los guardias. La intimidación. -Puedo hacer que la tierra tiemble, les puedo amenazar pero ¿qué digo? Necesito algo- dijo Wt’Iri en susurros, pero con su voz amplificada eso sonó bastante más alto de lo esperado. Mara asintió y miró a Dena. Ambas informaron de lo que sabían gracias a Dena -La Aguja, esta organización está dirigida por vampiros- Aquello era suficiente. Wt’Iri sonrió y asintió. El bárbaro buscó en su interior aún más poder oculto en su sangre. A su voz amplificada, añadió un fuerte destello de la antorcha que Dena sostenía y un leve temblor de tierraque hizo a las criaturas detenerse. Mientras tanto, Mara, resolvió unos rápidos y tocó el techo acariciándolo, moldeándolo, hablandando la piedra para que cayera algo de gravilla y, quizá, alguna roca. Wt’Iri hinchó sus pulmones y gritó -¡Me beberé vuestra sangre! ¡Soy Alucard el más poderoso de los vampiros! ¡Cómo os atrevéis!- El suelo tembló, la luz y el crepitar de la antorcha de Dena aumentó considerablemente y la voz de Wt’Iri resonó en la estancia mientras caía gravilla del techo gracias a la magia natural de Mara. Una gran roca se desplomó aplastando a la primera de las criaturas que ya llegaba al grupo pero que se detuvo en seco. El resto no necesitó más para poner pies en polvorosa y desaparecer por donde habían venido.

Había funcionado.

Raedento, Mötsognir y Niebla se reunieron con Mara, Dena y Wt’Iri en la esquina donde había tenido lugar el evento. -Guardan algo de valor en el centro del complejo y la salida está al otro lado- informó Mötsognir con los datos que había revelado el envenenado por Niebla. No tardaron en llegar a la puerta de metal reforzado. -Ese debía ser el centro-

Mötsognir sacó las llaves que habían quitado al guardia muerto tras su registro y probó suerte. Los trasgos se habían retirado pero gritaban airados y el eco de las botas de los mercenarios resonó en la lejanía.

El manojo de llaves tenía 8. La llave correcta era la número 4. Pedí al jugador que interpretaba a Mötsognir que tirara 1d8 para saber qué llave usaba al azar por las prisas. Sacó un 4. Este grupo puede sentirse afortunado esta noche.

La primera llave que Mötsognir usó, abrió la puerta. El olor a tierra mojada y humedad les abofeteó. Dena alzó la antorcha alumbrando el interior pudieron ver cajones de madera llenos de tierra negra.

Las setas son "Sueñíscalos de Sangre"

-Setas- En el interior había cajones y cajones de setas. -Sueñíscalos- identificaron rápidamente las druidas pero no eran normales. Dena arrancó uno y vio cómo sangraba. -Cojamos lo que podamos. Los tenían bajo llave, deben tener gran valor- y así hicieron. Cogieron todas las que pudieron con avidez.

Wt’Iri aprovechó para meterse una seta entera en la boca, masticarla y tragarla. Todos quedaron mirándolo un instante en silencio. -Pues… está bien- comentó haciendo referencia al sabor.

Rápidamente llenaron sus mochilas de esas extrañas setas y salieron corriendo hacia la puerta que el soldado envenando reveló que era la salida. Realmente lo era.

Escena 3 – El Despeñapresos (Parte 1)

Cuando salieron al otro lado de la bahía, entre las rocas redondas, vieron otro muelle algo más grande que el anterior. Ahí les esperaba El Despeñapresos. Un galeón imponente, bastante viejo pero bien cuidado. Virming «Comadreja Davenrost» sonrió al ver que llegaban todos, recorrió la trampilla mientras corrían hacia el navío y se presentó como es debido. Invitó a los nuevos integrantes de su tripulación a subir -¡Bienvenidos!- pero no hubi tiempo a más. Otros mercenarios gritaron desde las balconadas de la casa de campo de los Traediel. La luz de las llamas en la mansión iluminaban la gruesa columna de humo que ascendía.

Todos subieron al Despeñapresos sin tiempo que perder. Una vez arriba, Virming dió la orden y el galón zarpó.

Prácticamente ilesos: Mötsognir, Mara, Raedento, Niebla, Wt’Iri y Dena zarparon hacia un destino incierto pero libres.

Esta ha sido la primera sesión del grupo en mesa a modo de tutorial. Los jugadores que encarnan un personaje de D&D5 por primera vez van sabiendo las mecánicas del juego y dinámicas de sus personajes.

No obstante esta es una aventura que narro para el grupo en mesa y para otro grupo por carta ordinaria (sí, rol por carta). Quizá estos aventureros, junto con sus compañeros Jasnah y Aedan, reciban una misiva en su próxima sesión.

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